LA HISTORIA DEL CAFÉ



La palabra «café» deriva de kawa, vocablo árabe de origen incierto. Se dice que por ser de color negro se le identificó con la Kaaba, piedra sagrada venerada en La Meca. Ello es totalmente falso, pues el café en sus orígenes no se tostaba.


Se dice que un pastor de Etiopía vio cómo sus cabras, que generalmente dormían por la noche, permanecían despiertas después de haber comido hojas y fruto de determinados arbustos. Quiso probarlo y se dio cuenta de que tampoco podía dormir y pasaba la noche desvelado. No se sabe si comió directamente las semillas o bien hizo una infusión con ellas. Un día de lluvia en que las semillas se habían mojado quiso secarlas rápidamente, para lo cual las colocó en una sartén y la puso al fuego. Distraído, no se dio cuenta de que se tostaban y, no queriendo tirarlas, hizo una infusión con ellas, que encontró más sabrosa que no la que hacía con las semillas verdes. Desde entonces las tostó siempre y comunicó a sus compañeros el descubrimiento hecho.


Al parecer, los rumores de tal hallazgo llegaron a un convento de monjes monofisitas, quienes encontraron en el café una solución para mantenerse bien despiertos en las horas nocturnas de oración.


Poco después la costumbre de tomar café se fue extendiendo por el país y los habitantes musulmanes de la región, que no podían beber vino, se aficionaron enormemente a la nueva bebida.


La costumbre de tomar café pasó rápidamente desde las capas más bajas de la sociedad hasta las más altas, de tal forma que, como pasa con toda novedad, hubo quien creyó que era pecado. Unos, los musulmanes, porque tal brebaje no constaba en el Corán y los cristianos porque se atribuyeron al café propiedades afrodisiacas.


En los ambientes islámicos se creó entonces la leyenda de que había sido el arcángel Gabriel quien había descubierto el café a Mahoma para que pudiese velar toda la noche escuchando el dictado del libro santo.


En la Enciclopedia Espasa se lee: «Según una leyenda, menos conocida, dos peregrinos, Abuhassan Schazali y Omar, iban juntos a La Meca, cuando el primero dijo de repente a su compañero: “Siento que voy a morir en seguida; júrame obedecer y hacer todo lo que te mande el primer hombre a quien encuentres después de mi muerte”. Dicho esto expiró. Entonces Omar vio aparecer a un hombre que abrió en el suelo un agujero de donde salió agua, con la cual lavó el cadáver de su compañero, y lo enterró, disponiéndose luego a marcharse; pero Omar le detuvo y, con gran admiración suya, reconoció en aquel hombre a su amigo Abuhassan Schazali, que acababa de ser enterrado. Entonces Abuhassan señaló con la mano una gran bola de madera que se movía y encargó a Omar que la siguiese en su marcha hasta que se detuviera. Omar corrió tras la bola hasta Servacum, donde paró. Durante el tiempo que Omar siguió aquella misteriosa esfera tuvo ocasión de curar a varios enfermos y hasta de salvar la vida a una princesa que estaba enferma de gravedad. La princesa agradecida se enamoró de su salvador, de tal modo que seguía por todas partes a Omar con gran disgusto de su padre, el rey, y aun del pueblo. El monarca, para desprenderse del causante de tal desafuero, desterró a Omar, en unión de unos malhechores, a una comarca desierta, donde debían morir lentamente de hambre; pero los desterrados encontraron un buen alimento en los frutos del árbol del café, y aun se les ocurrió preparar con ellos una bebida mediante la cual hasta consiguieron curar leprosos. Cuando el rey se enteró de estos hechos maravillosos concedió nuevamente su favor a Omar, le colmó de honores y le regaló un palacio».


Las primeras noticias contrastadas que se tienen sobre el uso del café datan de finales del siglo XIV y, según parece, a finales del siglo XV aparecen en el mundo musulmán los establecimientos que servían esta bebida y que por ello se llamaron cafés. En 1592 aparece el primero de ellos en El Cairo y de allí se propagó a Siria y luego a Constantinopla, en 1554, lo que no fue nada fácil porque las autoridades religiosas hicieron lo posible para prohibir su uso; pero en vano, pues el café fue propagándose hasta llegar a Europa, en donde fue conocido en 1582, pero sólo como una curiosidad botánica.


En Venecia apareció en 1640, en Marsella en 1654 y en París hacia 1680.


Pero el gran éxito del café se desarrolla a partir de 1683, después de la derrota de los turcos en Viena por parte de Sobieski. Cuando los turcos levantaron el cerco de la ciudad, dejaron abandonados centenares de sacos que un polaco llamado Kolschitzky reclamó como recompensa por un acto heroico que había realizado. Al principio el café desagradó a los vieneses debido primero a lo amargo de la bebida y después al poso característico del café turco. Lo primero lo solucionó Kolschitzky añadiéndole azúcar y lo segundo colando la infusión, modalidad que tomó el nombre de «a la vienesa».


En Venecia, donde el café se tomaba al comienzo como medicamento, alcanzó gran popularidad como digestivo, y en 1680 empezaron a aparecer en la plaza de San Marcos unas tiendecitas que expedían el negro brebaje y que, por ello, se llamaron cafés. En 1720 se abrió el café Florian, que aún existe en la plaza, a mano derecha según se mira la basílica de San Marcos. Recomiendo a todo visitante que dedique unos minutos de su tiempo, los más que pueda, a tomar un café en el Florian, decorado al estilo del siglo XVIII, y que recuerde que en aquellos sofás y en aquellas banquetas se sentaron personajes como Wagner, Dostoievski, lord Byron, Marcel Proust, Alfred de Musset, George Sand, Stravinski, Chaikovski y tantos y tantos más.


En España el café tuvo que luchar contra el chocolate, bebida que podríamos llamar nacional en épocas pasadas. Es curioso hacer notar el uso habitual en

ciertas regiones de este brebaje híbrido que se llama café con leche, hasta el punto que para pedir un café es necesario puntualizar que se quiere solo,

porque sino te lo sirven con leche.

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Creado por David E. Cepeda @DavidECepeda