Las otras cuarentenas que expuso el virus


En plena psicosis colectiva por la presencia del Covid-19 (virus que logró mayor prensa, que el dengue, el mal de Chagas, la gripe común, la tuberculosis, la malaria, el cólera, el cáncer de pulmón o las enfermedades cardiovasculares, entre otras que la Organización Mundial de la Salud enumera como las más mortales en el planeta) llamó la atención una pregunta colateral. ¿Cómo vivir en el aislamiento? ¿Cómo afrontar una cuarentena encerrado en una habitación, una casa o el camarote de un crucero, sin otra persona al lado? Curiosa preocupación en un mundo en el que las personas aumentan progresivamente su aislamiento, sus cuarentenas vinculares, sus encierros en reductos virtuales, sus encapsulamientos auditivos y visuales. Claro que lo hacen de modo voluntario, por propia elección, sin necesidad de un virus que los obligue. Y se encierran en espacios muy pequeños, como son las pantallas de celulares o de computadoras, en cuartos con aire viciado por las horas que pasan allí hipnotizados por esas imágenes fantasmagóricas. Ya tienen mucha y buena práctica en achicar sus mundos, en acortar su mirada, que solo ve a veinte o treinta centímetros, en clausurar sus oídos con auriculares. Es decir, las personas vienen desarrollando una gran destreza en la experiencia de recluirse. El virus llegó a la humanidad en un momento en que esta se hallaba preparada para sus consecuencias en ese aspecto. Preparada para el aislamiento, para vivir lejos del contacto humano, para ejercer la sospecha sobre el otro a partir del menor motivo (por ejemplo, un estornudo). La paranoia generalizada que desató el virus permitió que todo aquel entrenamiento pudiera llevarse a la práctica sin culpa, y podría decirse que con autorización. Y (oh, paradoja) los elementos facilitadores e incitadores del retraimiento y la incomunicación entre humanos pasaron a ser los puentes que ahora permitirían comunicarse a los aislados. Pero ni antes ni durante ni después del coronavirus, comunicación y conexión significan lo mismo. Cada vez, en cambio, parecen más antónimos que sinónimos. En paralelo, el fenómeno coronavirus pareció escenificar de una manera terminante y literal lo que el filósofo francés Giles Deleuze (1925-1995) llamó sociedad de control  . Deleuze tomó una idea de su amigo y colega Michel Foucault (1926-1984), que hablaba de sociedades disciplinarias, aquellas que en los siglos XVIII y XIX controlaban a sus habitantes enjaulándolos en fábricas, hospitales, escuelas y prisiones, y señaló que ese modelo cambiaba hoy por el de sociedad de control. En esta, bajo la apariencia de libertad, las personas están controladas de múltiples maneras (cámaras, trazamiento de sus tarjetas de crédito, seguimiento de sus posteos en redes sociales y de sus movimientos en internet, etcétera, etcétera). En los hechos, el virus vino a provocar una combinación de ambas sociedades en una. Si antes esos modelos eran abstracciones teóricas, en 2020 se convirtieron en una realidad declarada y confesa. Se puede agregar a esta secuencia un hecho casi irónico. El mundo que se declara a sí mismo el más avanzado científica, tecnológica, social y económicamente de toda la historia demostró una fragilidad, una endeblez y un desconcierto similar al del rey desnudo, del clásico cuento de Hans Christian Andersen. Sería interesante que cuando el virus regrese a sus cuarteles emerja en la mayor cantidad de personas la capacidad de advertir no solo la velocidad con la que en esos días se perdió la capacidad de reflexión, la racionalidad, el contacto con la lógica, el pensamiento crítico, sino también para revisar conductas (muchas fueron patéticas), modos de vida, de vínculos, de organización social, de prácticas informativas, de gestiones gubernamentales, que el virus puso bajo la lupa. Para que la paranoia, aislamiento y control no se perpetúen como modo de vida. Artículo de Sergio Sinay , Tomado de: www.lanacion.com

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Creado por David E. Cepeda @DavidECepeda